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lunes, 18 de mayo de 2015

Maestro



Buenas tardes Manue.

Cómo es el destino, ¿eh? El señor y su madre quisieron que, doce años atrás, nos conociéramos cerca de la Parroquia de San Bernardo y en el día de hoy, después de ese tiempo, nos volvamos a reunir para decirte un hasta luego.

Si, un hasta luego, ya que me resisto a despedirme de ti para siempre amigo. Sé que no te volveré a ver más, no podré abrazarte o darte un beso de despedida pero…nada ni nadie podrá evitar que hable contigo, que escuche tu voz o que vuelva a sentirte a mi lado.

Hace ya un par de semanas que te acompañé en tu última chicotá. Fueron momentos dificilísimos aquellos. Jamás podré borrar el momento en el que supe que te habías marchado para estar al lado del Señor, para rezarle como tú solo sabías hacer.

Han pasado semanas, horas, días…y sigo sin entender el por qué de tu pronto adiós. Intento consolarme pensando que el Señor sabe rodearse de los buenos, de los mejores, y tú eras uno de ellos.

Ya te has reunido con personas importantes para ti que dejaron este mundo hace un tiempo. Ya habrás abrazado de nuevo a tu padre, entre otros, o habrás estado a las órdenes de tu maestro Manolo Santiago.

Tengo que pensar así, en positivo, ya que no hay otra forma de mitigar el dolor y la desolación de tu marcha.

Ya solo me quedan los recuerdos que vivimos juntos. Todos buenos. No es que me quede solo con los buenos, no, es que en estos doce años no tuvimos malos momentos. Algunos no deseados, si, no nos vamos a engañar, pero nos sirvieron para aprender de ellos.

Hago memoria y recuerdo el momento en el que nos conocimos. Fue en la antigua casa Hermandad de San Bernardo. Vine a probar suerte para entrar en la cruz de mayo que salía del barrio…y la tuve. Lo mejor, que fue doble esta suerte ya que pude entrar en la cuadrilla y conocerte.

         A partir de ahí fueron pasando los años, se fue forjando nuestra amistad y pude ir conociendo más al que, a día de hoy, me dio la alternativa en este bonito oficio que es el ser Costalero del Señor y su Madre.

Noches de ensayos, de traslado del paso del Cristo de la Salud, con una camisa al cuello haciendo la labor del costal, en el mismo interior de la antigua casa Hermandad. Los roneos de mi cuadrilla o las chicuelinas de tus gorrioncillos de San bernardo mientras llegábamos al corazón de Sevilla con la cruz de mayo que tanto nos dio.

La mañana de la Virgen de los Reyes, las tertulias en casa Fede, la primera vez que volvías a pasar por los jardines de murillo desde que te despidieras de tu padre. Las preocupaciones y alegrías de tu familia. Los estudios de tu mayor, tu hija virginia. La calidad y clase de la que presumías de tu chica, Carmen, jugando al voleibol o su pasión por el betis. O, como no, de los ratos inolvidables con tu otra mitad, tu Carmen del alma, tu mujer. Aun recuerdo, con una gran sonrisa, el día que coincidimos tu hermano José Manuel, Yolanda, Carmen, tú, Alejandra y yo viendo el Sagrado Corazón de Jesús. No sé cómo salió el tema pero…Carmen te dijo que tenías que pintar el piso…sólo te faltó decir que eras alérgico a la pintura, con tal de no pintar el piso. Que buen rato aquel.

Como estas anécdotas, muchas más. Por ello me resisto a decirte adiós. Alguien no se va si uno no quiere y yo, Maestro, no quiero que te vayas nunca de mi lado, de mi mente ni de mi corazón.

Aprovecho estas últimas palabras para darte las gracias por todo lo que me diste.

Gracias por enseñarme tantas cosas, por quererme como lo hiciste.

Gracias por dejarme ser partícipe en algunos momentos importantes de tu vida.

 Gracias por acercarme a la Hermandad de San Bernardo ya que, en gran medida por tu culpa, este año Alejandra y yo juramos como hermanos de la misma.

Gracias por tu cante a mi Cristo y a mi virgen.

 Gracias por tu amistad.

Gracias por quererme tanto.

Muchas gracias MAESTRO. Nunca te olvidaré, descansa en paz.